La joven violencia

La joven violencia

* Por David Kaplún Medina

Cuando hablamos del amor, nos suelen invadir emociones agradables, se nos escapa algún suspiro y nos vienen imágenes de personas a las que nos gustaría tener cerca. A veces basta con decir esta palabra para observar cómo se le escapa (sin querer) una sonrisa a la persona que tenemos en frente pero, muchas veces la reacción no es tan homogénea como pensamos. Hace poco más de un año El País nos sorprendía diciendo que en España, más de la mitad de las adolescentes que habían sido víctimas de violencia machista no la reconocerían en su pareja.

Esto significa que, muy lejos de la idea bucólica del amor, muchas adolescentes hacen una relación directa entre el amor y la relación de pareja que tienen. Por otra parte, este dato también muestra que hay un porcentaje demasiado alto de chicos que no entienden una relación de pareja sin maltrato. Algo comentaba sobre esto en otro post, cuando advertía del tipo de masculinidad que estamos potenciando últimamente.

Los datos sobre los que Virginia López se apoyaba para escribir el artículo de El País y llamarnos la atención acerca de lo preocupante de la situación, los recogía del servicio telefónico de la Fundación de Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo (ANAR) que el año pasado, alarmada por la situación, conformaba una mesa redonda para abordar la temática porque el fenómeno estaba siendo cada vez más joven: aunque la mayor parte de los casos se reportaban en edades de entre los 16 y 17 años (62.6%), en la franja inmediatamente inferior (14 y 15 años), se reportaba un muy llamativo 30,2% y en el 98.5% de los casos, el agresor era su pareja o expareja¹. Pues bien, hace sólo un mes, la misma fundación vuelve a llamar la nuestra atención, advirtiendo que en sólo siete años los casos de violencia machista se han multiplicado por diez.

No sólo es urgente que se tome esta situación en serio, es fundamental que nos la tomemos en serio todos los actores de la sociedad. Dentro de la enorme gravedad que supone el hecho de que la violencia machista se esté reconociendo a edades cada vez más tempranas, tiene un elemento que la hace muy visible y, por lo tanto, objeto de trabajo y es que se trata de una población que pasa mucho tiempo en el centro escolar, una institución que, desde las organizaciones que nos preocupa la problemática de género, creemos que es central en la erradicación temprana de este tipo de violencias.

Claro está, para que el sistema educativo pueda servir como un engranaje activo en la detección de relaciones de violencia, es necesario que todo el personal del centro sepa reconocerla ¿Podríamos reconocer esto en nuestra clase, si fuésemos profesores/as de secundaria? Probablemente no, las condiciones en las que trabajan el profesorado son tan precarias y las dosis de violencia que naturalizamos a diario son tales, que sería muy difícil asumir esta tarea, sin embargo, el espacio en sí, es idóneo para comenzar con ello.

En Finlandia llevan años implantando el sistema KIVA con el objetivo de hacer frente al acoso escolar y desde su primer año de implantación, ha reportado unos niveles de éxito asombroso, no sólo en el acoso escolar en sí, sino en la reducción de todo tipo de violencias. Eso sí, para lograrlo, han participado un equipo de investigación especializado en violencia de la Universidad de Turku, el Estado finlandés, pero también familias, alumnado y, como no, las profesoras y los profesores. Es decir, todos los actores sociales relevantes.

Es necesario ser conscientes de que el drama que viven niñas y mujeres a diario en nuestro país no puede ni debe ser tratado individualmente, es necesario generar una herramienta conjunta y con el apoyo de toda la sociedad para hacer que la respuesta sea integral. Evidentemente, este esfuerzo, al igual que se ha hecho con KIVA, debe estar acompañado de un estudio que permita identificar las particularidades locales de las violencias que conviven en el colegio, un programa de formación para todo el personal educativo que les facilite la identificación, un programa de formación a familias, otro para el alumnado, protocolos claros de acción en cada caso... porque hablamos de un problema de vulneración de derechos humanos que sufren las mujeres y niñas en nuestro país, por lo tanto, la respuesta debe ser social y cuanto más mayoritaria mejor. ¿A qué estamos esperando?
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¹ Datos extraídos del informe presentado por Fundación ANAR en el 2015

David Kaplún Medina. Antropólogo. Miembro de Enclave. Actualmente forma parte de AHIGE IMEDES. @davidkaplun